sábado, 2 de noviembre de 2013

Recuerdos de la niñez

Encontré hace un tiempo, en una de las tantas cajitas que tengo guardadas en mis cajones un llavero de un delfín listado. La primera vez que lo cogí, me quede contemplándolo y se llenó al instante mi cabeza de recuerdos imborrables.

Tras ver de niña un espectáculo en un parque acuático en compañía de mi familia, mis padres me regalaron dicho llavero (en ese momento era lo que más podía desear, llevarme un cachito aunque fuese artificial de un delfín).

Más tarde fuimos a un “LoroPark”, donde la dinámica era la misma, pero esta vez era un espectáculo no con delfines sino con loros. Reconozco, que siendo niña e inexperta en el sufrimiento animal y en su explotación, quedé fascinada por la inteligencia de tales animales a la hora de realizar sus “ejercicios”.
Pensando en todo esto, me viene a la mente otra rememorancia, ésta menos agradable:

Era la primera vez que iba a ver un zoo, tenía entorno a 9 o 10 años como mucho, quedé horrorizada nada más ver el cartel que anunciaba: “¡peligro, mantengan las distancias!” en el área donde se hallaban los elefantes, podía oír como barritaban fuertemente como si el dolor se les extendiera por todo el cuerpo, como si hubieran enloquecido de rabia, de miedo e impotencia.

Volví a casa, con una media sonrisa e intenté ocultar mi preocupación por aquellos seres a los que apenas pude ver con claridad. Veía e iba descubriendo desde una edad temprana el uso que damos a las criaturas que nos rodean.


Con la memoria que tengo relacionada con recuerdos y que a veces es una suerte y otras no tanto, también de niña entorno a los años arriba señalados, vi como en la TV daban cabida a una especie de documental (si así se pudiese llamar), que trataba nada más y nada menos sobre niños entre la infancia y adolescencia cuya motivación y pasión era la tortura de animales callejeros como gatos, perros, ratas, pájaros etc.. Cambié de canal al momento, había visto lo suficiente acerca de esos actos tan atroces e infrahumanos. No obstante, me quedé toda la semana pensativa e incluso soñé varios días con la facilidad en la que aquellos chicos maltrataban y torturaban a sus inocentes víctimas.

Por aquel entonces, tenía un gato (el cual murió estas navidades pasadas), mirándole no podía entender como alguien podía gozar con el hecho de maltratar a un animal indefenso. Él, por aquellos años, cuando todavía iba a primaria y siendo especialmente introvertida en aquella época, era al que en voz alta confesaba mis secretos y silenciosamente me escuchaba….


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