Encontré hace un tiempo, en una de las tantas cajitas que
tengo guardadas en mis cajones un llavero de un delfín listado. La primera vez
que lo cogí, me quede contemplándolo y se llenó al instante mi cabeza de
recuerdos imborrables.
Tras ver de niña un espectáculo en un parque acuático en
compañía de mi familia, mis padres me regalaron dicho llavero (en ese momento
era lo que más podía desear, llevarme un cachito aunque fuese artificial de un
delfín).
Más tarde fuimos a un “LoroPark”, donde la dinámica era
la misma, pero esta vez era un espectáculo no con delfines sino con loros.
Reconozco, que siendo niña e inexperta en el sufrimiento animal y en su
explotación, quedé fascinada por la inteligencia de tales animales a la hora de
realizar sus “ejercicios”.
Pensando en todo esto, me viene a la mente otra
rememorancia, ésta menos agradable:
Era la primera vez que iba a ver un zoo, tenía entorno a
9 o 10 años como mucho, quedé horrorizada nada más ver el cartel que anunciaba:
“¡peligro, mantengan las distancias!” en el área donde se hallaban los
elefantes, podía oír como barritaban fuertemente como si el dolor se les
extendiera por todo el cuerpo, como si hubieran enloquecido de rabia, de miedo
e impotencia.
Volví a casa, con una media sonrisa e intenté ocultar mi
preocupación por aquellos seres a los que apenas pude ver con claridad. Veía e iba descubriendo desde una edad temprana el uso
que damos a las criaturas que nos rodean.
Con la memoria que tengo relacionada con recuerdos y que
a veces es una suerte y otras no tanto, también de niña entorno a los años
arriba señalados, vi como en la TV daban cabida a una especie de documental (si
así se pudiese llamar), que trataba nada más y nada menos sobre niños entre la
infancia y adolescencia cuya motivación y pasión era la tortura de animales
callejeros como gatos, perros, ratas, pájaros etc.. Cambié de canal al momento,
había visto lo suficiente acerca de esos actos tan atroces e infrahumanos. No
obstante, me quedé toda la semana pensativa e incluso soñé varios días con la
facilidad en la que aquellos chicos maltrataban y torturaban a sus inocentes víctimas.
Por aquel entonces, tenía un gato (el cual murió estas
navidades pasadas), mirándole no podía entender como alguien podía gozar con el
hecho de maltratar a un animal indefenso. Él, por aquellos años, cuando
todavía iba a primaria y siendo especialmente introvertida en aquella época,
era al que en voz alta confesaba mis secretos y silenciosamente me escuchaba….

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