domingo, 10 de noviembre de 2013

Habitante de asfalto

Hace entorno a 6 años, que me trasladé a la ciudad para seguir con mi formación y empezar la universidad. Viniendo de un pueblo ni demasiado pequeño ni demasiado grande, todo para mí era nuevo, desde el ajetreo de los viandantes, el claxon ensordecedor de los vehículos, los centros comerciales abiertos durante la mayor parte del día, hasta la intensa voz de individuos trasnochadores cuyas voces se cuelan desde el Jueves hasta la madrugada del Domingo en las paredes de mi habitación. Y..cuántas veces he anhelado, ese sosiego que se respira mientras intento conciliar el sueño en mi antigua habitación, únicamente con el ruido de fondo del “cric-cric” emitido por diminutos grillos, que me trasladan hasta los brazos de Morfeo.
Claro, que he de confesar que no todo son inconvenientes. Es una ciudad agradable y cautivadora, donde casi siempre, las distancias entre un lugar y otro no son desmesuradas y además es cercana al pueblo donde tengo mis raíces, así que me permite volver siempre que quiera o pueda.



                                                 Ciudad en la que resido

                                                Atardecer en mi pueblo


A pesar, de ya ser una habitante más de “asfalto”, aún fantaseo con las ideas que me rondaban la cabeza de jovencita, como soñar con la tundra ártica, la sabana africana o la llanura asiática.

 



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