Esos días, en los que la fatiga y extenuación recorren tu cuerpo como finas pero contundentes gotas de agua fría. En los que sientes tanta rabia que te apetece gritar y no parar de gritar hasta quedarte sin voz, pero sin embargo, enmudeces tus sentimientos y los ahogas en el alma.
La negatividad sólo se irá, cuando tu la dejes marchar, cuando consigas deshacerte de ese visitante tan inoportuno que ronda tu raciocinio y que te aguarda como lobo al ganado desatendido.
Cuando descubras que hay cosas que ni con todo el oro del mundo se pueden comprar; como el respeto por uno mísmo, la confianza, la positividad, las oportunidades perdidas o el aprecio por las pequeñas cosas. Y que aún a pesar de ser cosas inmateriales que ni uno mismo puede regalar ni regalarse, tengas la fortaleza de ganartelas poco a poco, o al menos intentarlo, viendo el lado placentero del día a día.
Perder las preocupaciones en un atardecer cubierto de colores rosados, devolver la sonrisa a quien te la ofrece, envolverte en un cálido abrazo como muestra de cariño, o algo tan simple como ser necesaria en la vida de tu familia, pareja, amigos y hasta en la de tu pequeña mascota.










