Este fin de semana, hice un viaje relámpago a Soria, ciudad de grandes poetas como Antonio Machado, Gerardo Diego y Bécquer que eligieron este lugar para inspirarse, soñar y plasmar sus experiencias sobre el paísaje que la rodea.
Las sendas, estaban llenas de álamos, que varían según la estación del año de un color a otro, también había olmos y pinos negros. Todos ellos, acompañados por el Río Duero, que en esta época de bajas temperaturas, se hallaba congelado, aunque aún pudimos divisar brotes de agua que simulaban pequeñísimas cascadas.
Al fondo, se encontraba la Ermita de San Saturio, que nos transportó a una época medieval, a una historia de cuento, propia del séptimo arte.
Todo este paisaje, guarda una gran diversidad, con especies como los
buitres leonados, águilas perdiceras, halcones, serpientes de agua,
nutrias o tejones, aunque no tuvimos la suerte de encontrarnos con ninguno de ellos.
Pero sin embargo, oíamos trinar a los pajarillos que se escondían detrás de los árboles o en el fondo de la Alameda, rompiendo con el silencio sepulcral que cubría la Ermita y que sólo era interrumpido por los turistas, que al igual que nosotras, charlaban animadamente.
Una vez dentro de la ciudad, recorrimos las calles, donde la poesía se dibujaba en cada recoveco, y es que cada poema es único y en cada obra late su singularidad, con mayor o menor grado. Cada lector, busca algo en el poema y no es insólito que lo encuentre, ya que lo lleva dentro.


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