El Mar Cantábrico se extendía ante nuestros ojos, tan bravo de día y tan mágico de noche. Llegábamos a el por aquel empedrado suelo o a través de escalinatas llenas de guijarros y arena, en las que dejábamos nuestras huellas y hundíamos nuestro pensamiento en el azul profundo del agua y en las olas rompiendo contra las serenas rocas.
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