El mundo, puede resultar feo y carente de atractivo. Hemos perdido la
emoción de la que disfrutábamos en la niñez, y hemos pasado a caracterizarnos
de un modo aburrido y frustrado por y para con los demás.
Consecuencia de ello, es el constante goteo de matrimonios
malaventurados, familias desestructuradas,
e incluso amistades infelices que nos rodean. Ese regalo en forma de
vida, que se nos dió desde nuestra
creación, ha sido roto y abusado. Y, lo que es peor, en algunas ocasiones ni
siquiera ha llegado a ser abierto.
Gastamos mucho tiempo en palabras, gestos y poses de lo que queremos
aparentar, y, no de lo que realmente somos. La vida nos resulta cínica. Leemos
sobre héroes o heroínas fuertes y valientes que afrontan sin temor el peligro y
luchan valientemente por una causa más grande y justa que nosotros. Gastamos
horas imaginándonos en escenas épicas, llenas de aventura y lucha, que nos hagan
el rato un poco más liviano. Investigamos como estar sanos y fuertes, soñando
un cuerpo perfecto y casi inmortal. Gastamos
la mayor parte de nuestros pensamientos en lamentos sobre lo que podríamos haber hecho y
no hicimos. Pegamos los ojos a una pantalla; nos conectamos a Facebook,
Instragram o Twitter, o nos dedicamos a ver series o películas online.
Mientras tanto, la vida ahí fuera continua. Tenemos un blog que espera que un nuevo post sea
escrito. Un hermano o hermana para compartir vivencias. Un novio o novia con el que metafóricamente
caminar de la mano hacia una misma dirección y vida. Unos vecinos para tender
la mano. Un buen libro para leer. Todas estas ideas se dispersan en mi cerebro,
fermentan y se convierten en una inmediata reflexión. Ya es hora, de
que nos movamos. De que comencemos a vivir y disfrutar más del tiempo que nos
resta en la Tierra. Tenemos el deber de dejar un rastro, una secuela en el
camino llena de arrugas e historias.
Comencemos ahora, vivamos “peligrosamente”. Es el tiempo
perfecto para comenzar a hacerlo. ¡Quiero desafiarte para que tú también lo
hagas!. Tienes días y días para meditar sobre estas palabras. Y cada uno de esos
días consiste en: 24 horas , 1440 minutos y 86400 segundos. Conquistate a ti mismo,
sé el capitán que dirige su propio catamarán, catalogízate como único e
irrepetible y empieza a vivir. Deja de preguntarte todas las mañanas que “haces
con tu vida”, “quien te echaría de menos si desaparecieses”, o, “si llegarás a
ser alguien o algo en tu existencia”. Ya has tenido demasiadas de esas mañanas.
Sentimos que no
dejamos ningún impacto y en realidad lo estamos dejando momento trás momento. Ganemos
perspectiva sobre nuestro ahora. Dejémonos caer sobre la cama y sonríamos abiertamente esta noche. Te
desafío a hacer esto porque quiero que vivas.
No hay comentarios:
Publicar un comentario