Se despierta enmarañada entre cabellos color carbón, entrelaza sus dedos sobre ellos y deja visible el rostro.
La noche no ha sido buena anfitriona en sueños y combate contra la tentación de volver a caer dormida. Piensa que vivir es más fácil con los ojos cerrados.
Comienza el día, con mil y un demonios en la cabeza en un abismo de dilemas, sobre el más inmediato presente y sobre el futuro por llegar.
Se agita y se recompone, y empieza su paseo a modo de terapia.
Se detiene por el camino, cuando encuentra nuevas flores. Las mira y sonríe. Se las imagina brotando de entre la tierra, creciendo con el paso del tiempo hasta que el viento recoja sus semillas, haciendo de una, decenas.
Deja que el sol le caliente las palmas de las manos, agradece cada rayo que se proyecta sobre las partes descubiertas de su cuerpo, se relaja y observa a los traseúntes. Y, a menudo se pregunta, si aquellos con apariencia cuidada y bonita, han conseguido lo mismo por dentro y si también tienen mil y un demonios en la cabeza.
Comienza el día, con mil y un demonios en la cabeza en un abismo de dilemas, sobre el más inmediato presente y sobre el futuro por llegar.
Se agita y se recompone, y empieza su paseo a modo de terapia.
Se detiene por el camino, cuando encuentra nuevas flores. Las mira y sonríe. Se las imagina brotando de entre la tierra, creciendo con el paso del tiempo hasta que el viento recoja sus semillas, haciendo de una, decenas.
Deja que el sol le caliente las palmas de las manos, agradece cada rayo que se proyecta sobre las partes descubiertas de su cuerpo, se relaja y observa a los traseúntes. Y, a menudo se pregunta, si aquellos con apariencia cuidada y bonita, han conseguido lo mismo por dentro y si también tienen mil y un demonios en la cabeza.
